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Agradecer desde el corazón

Rosa Spada Suárez*

La palabra agradecer tiene dos acepciones: La primera es dar las gracias o mostrar gratitud. Y la segunda corresponder a las atenciones y cuidados recibidos.

El día 7 de marzo de 2014 recibí la presea Sor Juana Inés de la Cruz, al haber sido elegida por el Colegio de Profesores y las autoridades del Centro de Enseñanza para Extranjeros. La medalla es un reconocimiento a las mujeres que nos hemos dedicado a la formación de alumnos. Este reconocimiento lo recibimos en el Día Internacional de la Mujer en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de nuestra Máxima Casa de Estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México. La presea nos es entregada a cada una de las galardonadas por el rector y avalada por la junta de académicas de la UNAM.

Dos horas antes de que empiece la ceremonia, las elegidas debemos presentarnos en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón. A cada una se nos asigna un número de acuerdo con el orden de aparición de nuestra dependencia. A mí me tocó el antepenúltimo. No quería llegar tarde. Quería verme bien, me sentía feliz y agradecida. Estaba casi al borde de las lágrimas, que no debían aflorar para no correr el rímel de las pestañas. Ni manchar la seda con mis efluvios de sudor, de nervios, de alegría y de gratitud.

La emoción era grande, así como el sentimiento de reconocimiento a mis colegas y a las autoridades del CEPE-UNAM, sede Ciudad Universitaria, quienes habían emitido un voto de confianza y de reconocimiento a mi trabajo docente, como señala el premio: "se otorga a universitarias sobresalientes en sus áreas de conocimiento y en sus ámbitos de desempeño profesional".

En ese momento también me sentía embargada por una cascada de emociones que me venían de lo más profundo del corazón. Por ejemplo, me acordé de mi casa en la calle de Victoria en el pueblito de Tlalpan allá por el año de 1964. Yo tenía apenas cuatro años y me levantaba muy temprano y me asomaba a la ventana enrejada que me permitía ver a los niños que presurosos caminaban hacia la escuela. Llevaban unas "mochilas" de piel en tamaño carta con correas que les permitía cargarlas por la espalda. Esos objetos me parecían los más bellos y hermosos. Y todos los días le pedía a mi papá que me comprara una. Por supuesto, mi papá podía escuchar mi petición más de una vez, pero diez o más veces era abrumador. Así que un buen día decidió responderme: Tú no necesitas una mochila, eso es para los niños que ya saben leer y escribir y en ellas guardan sus libros, sus cuadernos, sus lápices, su tintero y su manguillo". Ese día me quedé muda; obviamente yo no sabía leer. Mi padre seguramente vio mi cara de enorme tristeza y con los ojos a punto de echarme a llorar me hice la fuerte, no derramé ni una lágrima delante de él. Y, no volví a pedirle que me comprara una mochila. Mi padre, que era un hombre muy inteligente y con una gran sensibilidad, se dio cuenta de que realmente me había herido. Yo, su primogénita y su única hija mujer, no sabía leer. ¿Cuánto dolor sembró en mí, no saber leer? A la semana siguiente, mi padre trajo un pizarrón y una serie de figuras. Entre ellas recuerdo una vaca, unas uvas, una manzana, unos lápices y colores verde, rojo, azul, anaranjado. Más todas las letras del abecedario. Ese día por la tarde nos sentamos en el patio de la casa; me miró a los ojos y me dijo lo siguiente: "Leer es poder". Si tú sabes leer, nadie te puede engañar; por ejemplo, yo te puedo decir que aquí dice "blanco", pero en realidad dice "azul". Y como tú no sabes leer, no sabes cuál es la diferencia. Pero si aprendes a leer, tú misma vas a comprender qué dice. Y desde ese día me enseñó a juntar letras. Era una profunda explicación para una niña de cuatro años. Yo me sentía feliz por poder juntar letras y letras. Leía todo. Anuncios. Encabezados de los periódicos, porque las letras pequeñas me parecían muy pequeñas y una cantidad enorme para mí.

Para ese momento ya había nacido mi hermano menor. Mis padres ya tenían un nombre para él. Sin embargo, yo tenía otro; el primer nombre masculino que pude leer era "Jorge"; a mí me parecía que esas letras tenían un sonido mágico. El día de su bautizo yo estaba al lado de mis padres, y cuando el sacerdote preguntó por el nombre del niño, yo empecé a decir claramente: "Jorge", "Jorge", "Jorge". Mis padres aceptaron, no muy convencidos, ese nombre.

Más tarde mi padre me empezó a regalar libros infantiles, que yo devoraba con pasión y respeto. Y cada vez que observaba a mi padre leer el periódico y que veía como recorrían sus ojos tan rápido las páginas, lo admiraba y decía para mis adentros ¿cuándo podré leer tantas letras y tan pequeñitas?.

Sé que desde mis cuatro años no he dejado de leer ni un sólo día de mi vida. Es mi pasión, que puedo gritar a los cuatro vientos. Y también sé que puedo transmitir este gusto por leer a otros, en este caso a mis estudiantes de todo el mundo. Eso es lo que ahora mis colegas pueden reconocer. Mi gran pasión de apasionar a otros con nuestra enorme riqueza cultural.

En mis cursos de Literatura en el Centro de Enseñanza para Extranjeros, trato antes que nada que los alumnos lean en voz alta, que disfruten las palabras, que no teman pronunciarlas, que noten la musicalidad de cada frase, cada párrafo. Y que si ellas les transmiten alegría, enojo, tristeza o aún incomprensión, que no se desesperen, que se tengan paciencia, y que poco a poco vayan haciéndolas suyas. Sintiéndolas en la piel y en el corazón.

Agradezco que se me haya otorgado la medalla Sor Juana Inés de la Cruz. Sé que es un enorme compromiso. Y también sé que fue un momento memorable e imborrable que está grabado con letras de oro en mi corazón.

*Profesora de literatura en CEPE-UNAM C. U.