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El fantasma

Josée Deschênes

Todo el mundo ha oído hablar del "Fantasma de la Ópera", la gran comedía musical que le dio la vuelta al mundo divirtiendo a miles y miles de espectadores. ¡Imagínense! La idea de una criatura enigmática embrujando los bastidores de una famosa sala de ópera londinense estaba destinada a producir mucho dinero. Pero ¿será solamente una idea?

Aquí en Ottawa, la capital de Canadá, en el Centro Nacional de Artes (CNA) hay también una sala de ópera. Una inmensa y magnífica sala, toda de rojo, tapizada y decorada con una multitud de luces que hacen pensar en hermosas joyas. En el amplio espacio delimitado por el escenario, pasando por el alto techo y el tercer balcón, desde la treintena de filas de butacas hasta el foso de la orquesta, reina un ambiente increíblemente denso. Mantenido por las notas de los músicos, las emociones de los actores y los aplausos del auditorio durante las representaciones, ese ambiente es aún más misterioso cuando no se dan espectáculos. Pero me alejo del tema

A propósito de ambiente misterioso, una empleada del CNA me contó que, hace algunos años, dos semanas antes de la primera representación del "Fantasma de la Ópera" en Ottawa, cosas extrañas comenzaron a suceder en el Centro. Por ejemplo, una noche se escuchó la alarma de incendio: empleados, artistas y espectadores fueron evacuados. Los bomberos vinieron y los agentes de seguridad les indicaron el lugar de procedencia de la alarma, según su tablero electrónico. Pero no había rastros ni de fuego ni de humo. Se concluyó que el percance había sido provocado por una falla del sistema, un error o una broma.

¿Y eso es extraño? No, pero cuando lo mismo ocurrió al día siguiente y al siguiente, a todas horas y en varios sitios del Centro, los agentes de seguridad y la dirección comenzaron a preguntarse qué era lo que pasaba. Además, más de una alarma sonó en lugares diferentes al mismo tiempo, como si hubiera una pandilla de bromistas divirtiéndose en sonar las alarmas en todas partes. Una pandilla de bromistas o alguien que podía atravesar las paredes o que podía estar en diferentes lugares al mismo tiempo. Alguien, en todo caso, a quien nadie había visto nunca. Mientras tanto, en los palcos, igual que en el mezzanine, en las calles y los cafés, no se comentaba de otra cosa que de un fantasma que había tomado posesión del Centro de Artes.

¿Un fantasma? Luego, el día anterior al estreno, cuando todos los comediantes estaban ensayando la obra, el tablero de seguridad señaló otra alarma, esta vez cerca de la central de los vigilantes. A toda marcha, el vigilante que estaba de guardia salió y empezó a correr en dirección del lugar donde se había activado la alarma. Corrió y corrió detrás del ruido de pasos que iban delante, y finalmente vio una sombra desaparecer. Creyó poder alcanzarla, pero resultó en vano. Y de repente el agente recordó que había una cámara en ese pasillo, que grababa permanentemente. Volvió a su tablero y rebobinó la película. Al mirarla, sólo se veía él mismo corriendo, sus brazos estirados hacia delante, casi atrapando...¡nada!