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Mi hermana

Ricardo Ramos*

VentiladorEra un sábado y no estaban mis padres en casa. Mi hermana y yo, aburridos en la  sala, jugábamos con las cortinas y los pocos juguetes que teníamos; hacía un calor horrible y el ventilador de plástico no era suficiente para calmar el sudor que corría por nuestros rostros redondos y rojos. Entre miradas perdidas y una ventana abierta que daba al patio, decidimos salir para calmar ese terrible bochorno.

Caminamos por el diminuto rectángulo, tocamos los tabiques desgastados y corroídos por el tiempo. La poca pintura que quedaba solo dejaba ver el abandono de la casa, y es que con dos hijos pequeños y dos padres que trabajan, poco tiempo sobraba para el cuidado y limpieza del hogar. El piso de cemento, ya cuarteado, estaba hundido porque la casa fue construida en terreno poco firme. Al final, pasamos por la única pared que tenía cubierta, era de azulejos hexagonales de color naranja que ya estaban opacos.

Íbamos en círculos, tocábamos con la punta de los dedos cada parte que alcanzábamos. Mi hermana iba justo detrás de mí, y cada pocos pasos yo giraba la cabeza para ver si no se había caído o lastimado por alguna esquina mal puesta o su torpeza de los seis años. El aire nos pegaba por todo el cuerpo y enfriaba las gotas de sudor, nuestra ropa húmeda, las frentes pegajosas por la sal del cuerpo.

Entre los pocos objetos que estaban en el patio había dos escritorios de madera, una silla sin respaldo y un balde de metal. Al poco tiempo, caminar se volvió aburrido; pensamos en salir a la calle, pero no teníamos la llave ni la altura para saltar la barda; yo, con mis ocho años y subido al balde, apenas podía tocar la parte media de la pared. Anduvimos campaneando, moviéndonos, tratábamos de convertir el extremo aburrimiento en euforia infantil.

Una idea se materializaba en mi mente y, antes de que se terminara de formar, detuve el paso y comencé a mover los escritorios, coloqué el más grande en la pared de azulejos y puse el balde como escalera. Subí y comencé a brincar en el frágil y astillado mueble, después subió mi hermana. Con nuestros movimientos las cuatro patas del escritorio se torcían como en un temblor. Eso no nos importó, así que seguimos.

Después de un rato, el cansancio nos invadió. Bajé del trasto y estiré mi mano para ayudar a mi hermana; sin embargo, ella se quedó ahí, movía su cintura y sus muñecas, imitaba el baile de Betty Boop que salía en la televisión. Como también le gustaba cantar, comenzó a recitar palabras sin sentido mientras se pavoneaba en la corta y limitada superficie de madera. 

Sonreí y arrastré la silla rota para poder ser el único espectador del debut en las grandes ligas de mi hermana. Ella daba fuertes golpes a la tabla, agitaba los brazos, estiraba las piernas y ejecutaba pequeños brincos; el escritorio aguantó de manera antinatural todo el castigo. Comencé a aplaudir mientras la emoción de mi hermana crecía; patadas más fuertes, taconazos intensos y movimientos sumamente bruscos. Todo nuestro mundo se movía, el sol nos quemaba un poco la piel y el rechinido de la madera anunciaba un remate colosal. El espectáculo estaba a punto de llegar a su fin.

Mientras esperaba el gran remate, me levanté de la silla y aplaudí más fuerte para animar a mi pequeña hermana, pero no me había dado cuenta de que las delgadas patas del escritorio estaba tan viejas, porosas y carcomidas que un último salto terminaría de romper aquel armatoste viejo. No me detuve y continué con la ignorancia y descuido que solo se tiene a los ocho años.

El reflejo del sol por los azulejos me daba en el rostro, el calor no cesaba, yo estaba perdido entre el viento y zapateos arrítmicos. Al taparme el rostro, enfoqué la vista en las patas de la mesa: pude notar que los clavos oxidados se meneaban, que la mesa no se partía solo por gracia divina, que mi hermana estaba bailando en una nube que pronto perdería su forma, mas fue demasiado tarde para advertirle, para ambos.

El final llegó y ella dio un salto potente que, por fin, partió las patas del escritorio. Al caer, solo se escuchó un ligero rechinido que se esparció por todo el patio. Fueron unos pocos segundos de paz, de inmediato las cuatro patas se rompieron dejándola caer al suelo. Corrí con prisa y desesperación, pero mis piernas no fueron lo suficientemente rápidas. Solo pude ver cómo el cuerpo de mi hermana golpeó el cemento y rebotó por la fuerza del impacto dejando un sonido hueco a su paso. Su cuello quedó en una posición extraña, antinatural, su mirada perdió dirección y soltó un gemido leve y tibio con un poco de saliva.

Levanté el cuerpecito y pegué su cabeza a mi pecho. Sentía el cuello flácido y sin fuerza de su cuerpo. Brotaron lágrimas sin control de mi ojos y empecé a gritar su nombre al mismo tiempo que me ahogaba con la mucosidad de mi nariz. Apreté su torso y comencé a temblar. No sabía qué hacer, pero no quería soltar el cuerpo inerte y muerto de mi hermanita. 

El sol derretía mi piel, estaba rojo como un tomate; sin embargo, mi hermana perdía poco a poco el color de sus cachetes, su vida se iba a lo más hondo del patio mientras el bochorno crecía, mientras el mundo, mi mundo, dejaba de moverse. Toqué suavemente sus mejillas mientras el frío de su cuerpo chocaba con mi piel caliente, mientras mis lágrimas ensuciaban su cuerpo tieso, mientras solo se escuchaba el sonido de las cortinas mecerse. Deseaba regresar a los minutos anteriores de la tragedia, al interior de la casa, juntos y a salvo con el inservible ventilador; quería regresar con ella, con el calor del verano, con el escritorio, con el balde, en la silla rota, perpetuar aquel momento de felicidad; quería volver al espectáculo más grande que jamás volví a presenciar.

*Estudiante de México del Diplomado en Escritura
CEPE, Ciudad Universitaria, UNAM, Ciudad de México

 

Imagen: freepik.es